Trump acelera la presión sobre Groenlandia: ¿Compra, fuerza o caos geopolítico?

El presidente de EE. UU., Donald Trump, ha elevado la tensión internacional al máximo nivel al afirmar que su país "hará algo en Groenlandia, les guste o no", insistiendo en que sin acción estadounidense, "Rusia o China se apoderarán de la isla".
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Estas declaraciones, realizadas en la Casa Blanca junto al vicepresidente JD Vance, el secretario de Estado Marco Rubio y ejecutivos petroleros, marcan un punto de no retorno en la estrategia de Trump para controlar el territorio ártico más estratégico del mundo. La explícita amenaza de actuar «por la vía fácil o la dura» no solo revive su idea de 2019 de comprar Groenlandia, sino que abre la puerta a opciones de fuerza que han alarmado a aliados de la OTAN como Dinamarca.

Motivos estratégicos y económicos detrás de la obsesión

La retórica de Trump se ancla en una mezcla de seguridad nacional y ambición económica. Groenlandia, con su posición clave entre Norteamérica y Europa, alberga bases militares estadounidenses desde la Guerra Fría y es rica en minerales críticos como tierras raras, uranio y metales esenciales para la industria tecnológica y energética. El presidente argumenta que sin control directo de EE.UU. UU., rivales como Rusia o China podrían dominar rutas marítimas árticas y sistemas de alerta de misiles, convirtiendo a la isla en una «vecina inaceptable».

Pero hay un componente psicológico y político: Trump ha confesado que necesita «propiedad» real para sentirse seguro, más allá de los acuerdos actuales que ya permiten presencia militar expansiva bajo pactos de 1951. Analistas destacados que esta obsesión encaja en su doctrina de «grandes tratos» visibles, con potencial para inversiones masivas de empresas estadounidenses en minería y energía, en un momento en que la demanda global de recursos árticos explotación por la transición verde y la rivalidad tecnológica.

Intenciones claras: De la compra a la «vía dura»

Las intenciones de la administración Trump son explícitas y multifacéticas. Prefieren un «acuerdo fácil» con Dinamarca, como pagos individuales de seis cifras a groenlandeses para convencer a la población local, o una compra negociada similar a la de Alaska en 1867. Sin embargo, Trump ha dejado claro que no descarta la «vía dura», y fuentes del Congreso indican que se estudian opciones militares o de presión híbrida, alimentadas por precedentes recientes como la intervención en Venezuela.

Enviados daneses y groenlandeses ya se reúnen en Washington para discutir estas propuestas, con una segunda ronda prevista para la próxima semana. El equipo de Trump corre contrarreloj para diseñar un plan integral, que podría incluir expansión inmediata de bases bajo acuerdos vigentes antes de cualquier movimiento más agresivo.

Rechazo frontal y tensión en la OTAN

La respuesta de Dinamarca ha sido inequívoca: la primera ministra Mette Frederiksen advierte que un ataque o anexión estadounidense «marcaría el fin de la OTAN» y la orden de seguridad posbélico, ya que implicaría agredir a un aliado. Groenlandia, semiautónoma pero bajo soberanía danesa, rechaza cualquier venta y ve la presión como una «fantasía» que ignora su voluntad popular.

La UE y think tanks como Chatham House alertan de que estas intenciones amenazan la cohesión de la OTAN y podrían activar herramientas de defensa comercial europea contra EE. UU. Internamente, el debate polariza a Groenlandia, reactivando demandas de independencia y temores de fractura social en una isla vulnerable con solo 57.000 habitantes.

Consecuencias: De la crisis diplomática al nuevo orden ártico

Las repercusiones podrían redefinir el Ártico. En el corto plazo, se prevé una negociación dura con Copenhague ofreciendo más cooperación militar para evitar escaladas, pero un fracaso podría llevar a sanciones mutuas y aislamiento de EE.UU. UU. en foros multilaterales. A largo plazo, una anexión forzada sería «ilegal, indeseada y desestabilizadora», abriendo precedentes para disputas territoriales globales y debilitando normas internacionales.

Económicamente, el control de Groenlandia impulsaría a EE.UU. UU. en la carrera por recursos críticos, pero a costa de alianzas clave y posibles boicots europeos a inversiones yankis. Para Europa, es una prueba de soberanía: ¿ceder ante la presión de un aliado o rearmarse geopolíticamente? El mundo observa, mientras Trump acelera hacia un Ártico bipolar.

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