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Alejandro Sillero. “Te tiene que gustar lo que haces y ponerle toda la pasión del mundo”

Distribuciones Sillero

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ibeconomia.com - sábado, 11 de noviembre 2017 | 7:58 Hrs.

Es un hombre hecho a sí mismo. El corazón y los cinco sentidos puestos al servicio del trabajo, ya fuera como peón de albañil, pinche de cocina, camarero, pintor, vendedor de libros… o como empresario. El tiempo y su trayectoria permiten añadir a ese substantivo el adjetivo exitoso, aunque él, Alejandro Sillero, prefiere los hechos a las palabras y no es amante de la ostentación.

“La mayoría de los empresarios de mi generación se han hecho a sí mismos. Por circunstancias, en un momento dado y después de trabajar en una empresa, uno se ve capacitado para ir por su cuenta y empieza como empresario. Es importante conocer el sector en el que uno se va a centrar. A veces, como en mi caso, una rabieta puntual con el jefe de uno puede ser el incentivo necesario para que uno se atreve a ir por libre con todas las consecuencias”.

“Te tiene que gustar lo que haces y ponerle toda la pasión del mundo. Yo, a estas alturas, sigo teniendo la misma ilusión por venir a trabajar a las siete de la mañana que el primer día”, comienza diciendo. Y “hay que creer en lo que estás haciendo, sin dejar de aprender nunca. Si te acomodas, malo…”, prosigue.

Alejandro Sillero nació en Zambra, una pedanía del pueblo cordobés de Rute, allá por 1955. Tiempos de postguerra, tiempos de escasez para muchas de las familias españolas. La suya (él fue el segundo de cuatro hermanos) no fue una excepción. El padre ejercía de pintor y la madre, de ama de casa.

“Con catorce años empecé a trabajar. No fui un niño estudioso, aunque luego, a lo largo de mi carrera profesional, siempre me he ido formando, porque es, más que necesario, imprescindible. El caso es que me fui a Barcelona para trabajar en la Costa Brava, para la temporada alta. Empecé de pinche de cocina en Calella, pelando patatas, descabezando pescado… Recuerdo el sueldo: 3.000 pesetas al mes”.

Después de aquella primera aventura profesional, volvió a su pueblo natal, para al poco tiempo, junto a su hermano, probar fortuna en Mallorca. Empezó de peón en la construcción, y lo siguiente fue camarero. “¿En este país quién no ha sido camarero?”, se pregunta. “Es importante, porque aprendes a ser comercial, esa parte es y será siempre muy importante para el éxito de una empresa”.

Dos años más tarde, llegarían a la Isla sus padres y sus dos hermanas. Mallorca ofrecía buenas expectativas, y había que aprovecharlas, aunque fuera trabajando duramente, claro está. Rememora sin que se le caigan los anillos los tiempos en los que trabajó de pintor o de vendedor de libros, para la editorial Crepsa, con la obra Maravillas del saber. “Teníamos fichas de todos los niños e interrumpíamos la comida de sus familias porque era al mediodía cuando sabíamos que los padres estarían en casa”. Esa faceta profesional la desempeñó, con éxito, en los ratos libres que le dejaba el servicio militar, cumplido en Barcelona.

Una vez licenciado, Sillero regresó a la Isla y fue elegido en una selección de personal para comercial en una multinacional de productos químicos. Tras formarse adecuadamente, llevó el departamento de lavado de ropa industrial en calidad de técnico comercial. También en ese campo destacó, con sustancial incremento de ventas y de clientes. Fue, en aquel tiempo, el comercial más joven de la empresa en el conjunto del país. Sin duda, Sillero se estaba labrando un nombre y, lo más importante, su futuro. Estuvo cinco años en esa empresa, tres de los cuales alternando Mallorca e Ibiza para ir introduciendo la marca.

“Empiezas y vas avanzando poco a poco. Hay que tener iniciativa, ser valiente. Tengo que agradecerle a mi esposa su apoyo en todo momento. Sin ella y sin su sueldo fijo para darnos una base económica, no hubiera podido tomar algunas de las decisiones que como empresario tienes que tomar en ocasiones”. Por ejemplo, en el momento de dar un paso al frente en 1982.

Acababa de nacer su hija María de la Cruz, y vio llegado el momento de hacerse autónomo para empezar en el sector químico y de la pintura. “Recuerdo que le pedí a mi padre que me prestara 500.000 pesetas para comprar una furgoneta de segunda mano”.

No se ve Alejandro Sillero muy distinto a muchos empresarios coetáneos, sino al contrario. “La mayoría de los empresarios de mi generación se han hecho a sí mismos. Por circunstancias, en un momento dado y después de trabajar en una empresa, uno se ve capacitado para ir por su cuenta y empieza como empresario. Es importante conocer el sector en el que uno se va a centrar. A veces, como en mi caso, una rabieta puntual con el jefe de uno puede ser el incentivo necesario para que uno se atreve a ir por libre con todas las consecuencias”.

Recuerda asimismo las largas jornadas de trabajo; por ejemplo, el vaciado de sacos de cincuenta kilos de arena y de cloro de contenedores, sin toro mecánico que facilitara la operación. Hacía falta fuerza física, voluntad, coraje… Alejandro Sillero no se dejaba nada en el tintero.

Si había que trabajar 16 ó 18 horas, lo hacía; si tenía que resolver un tema en fin de semana, lo hacía sin ningún resquemor. “El servicio al cliente y la calidad del producto son la bandera de Distribuciones Sillero”. Como tal empresa, fue fundada en 1984, de- dicada al suministro de productos para la hostelería y la restauración en el sector de la limpieza.

La empresa cambió sucesivamente de ubicación: S’Aranjassa, Coll d’en Rebassa, Son Anglada y, finalmente, el Polígono Empresarial de Can Valero, donde tiene su sede desde 1994.

Con anterioridad, en 1991, Alejandro Sillero había constituido la empresa Comercial Ramírez Sillero en Fuengirola (Málaga) e Industrias Islas Color, en Mallorca. En el primer caso, se desvinculó de la empresa cinco años después para dejarla totalmente en manos de su primo. En el segundo negocio, estuvo como socio de Jordi Munné hasta 2001.

De esta manera, Alejandro Sillero siguió su propio camino, con las ideas muy claras, una voluntad inquebrantable de crecer y sabiendo que había que darlo todo para la satisfacción del cliente. “Creo que ha sido importante vivir de un sueldo que yo mismo me asigné; es decir, no me llevaba los beneficios y no descapitalizaba; tengo claro que no contraer grandes deudas ni hipotecas es algo fundamental”, confiesa. Por el contrario, sí fue (y sigue siendo) una necesidad de primer orden la reinversión de los beneficios. “Hay que invertir buena parte de los beneficios en la empresa, al menos yo así lo he entendido siempre. La competencia es fuerte en nuestro sector y siempre te exige mucho”.

Alejandro Sillero es un hombre exigente consigo mismo y con los demás. En el trabajo, no se casa con nadie. A pesar de que tiene a sus hijos, a una hermana, a una prima, a una cuñada y a una nuera, afirma que “en la empresa no hay familia que valga. Lo que cuenta y rige es la profesionalidad de cada uno”. Y, abundando en esa profesionalidad, valora en sus empleados (42 en la actualidad) “la puntualidad, el buen hacer, la competencia, la constancia. Por otra parte, odio la negligencia y la mentira”.

En efecto, sus dos hijos, Mari Cruz y Alejandro, están junto a él en la empresa. “Mari Cruz es la directora comercial y Alejandro está en el laboratorio químico, donde junto a otro químico y una bióloga realizan las labores de control de calidad, analíticas y asesoramiento técnico. Mis dos hijos, por propia iniciativa, han decidido trabajar en la empresa. Y debo decir que todo lo que han conseguido ha sido por méritos propios, nadie les ha regalado nada”.

Se le nota orgulloso porque sean sus dos descendientes quienes el día de mañana lleven el día a día de la empresa. “Es importante saber delegar, y, de hecho, lo estoy haciendo bastante. Cuando uno no delega, es que no confía”, admite.

También se le dibuja en el rostro un íntimo orgullo al recordar que “Rafaela Montes, prima mía, fue mi primera empleada en la empresa, y ahí sigue 32 años después”, o cuando rememora asimismo “como al principio, dedicaba parte de mis domingos a cumplimentar facturas y recibos”.

Confiesa también que “en ocasiones, claro que sí, he sentido la denominada ‘soledad del empresario’, cuando tienes que tomar una decisión importante y arriesgada para el presente o futuro de la empresa. Sientes el peso de la responsabilidad, pero no te queda otra que asumirla”. En todo caso, añade Alejandro Sillero que “he sido siempre bastante reservado en ese terreno. Nunca he querido hablar de trabajo en casa más allá de lo estrictamente necesario. Es la única forma de poder desconectar un poco”.

Lo dice quien, sin embargo, oye sonar su móvil en fin de semana tras llamadas de clientes que le preguntan por tal o cual solución a un problema. “Es importante que te pongan cara, te conozcan…”.

Tenaz y competitivo como pocos, Alejandro Sillero reconoce que “mi empresa, al estar vinculada al sector de la hostelería, no ha sufrido crisis. Es obvio que ha habido un descenso de ventas y en el margen de beneficio, pero no la hemos sufrido como otros sectores”

Calidad en el servicio al cliente y competitividad, máximas que Alejandro Sillero ha llevado muy lejos. Lo ha hecho desde el compromiso, la ilusión y la pasión que contagia a quienes trabajan a su lado.

 

Entrevista publicada en “Empresarios con Valor”

© Toni Travería
© Mª José Merino

 


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